Sudáfrica, parte 4: Garden Route 2

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Aquí llega la cuarta y última entrega de la crónica sobre Sudáfrica.

DÍA 3

Este era uno de los días más esperados para mí porque tocaba ir de safari por fin, si es que se le puede llamar «ir de safari» a recorrer un parque nacional de elefantes durante apenas 2 horas. Pero bueno, era lo más parecido a uno de verdad que iba a hacer, así que me hizo ilusión igual.

Llamándose Addo Elephant National Park, ya os podéis hacer una idea de los animales que más vimos: elefantes, pero también vimos «pumbas» (facoceros), cebras, búfalos, antílopes, guepardos y un león (ah, ¡y una tortuga!), es decir, de lo que ellos llaman los Big 5 (elefante, león, leopardo, búfalo y rinoceronte) solo vimos 3, pero bueno, ¿en 2 horas qué quieres? Lo disfruté mucho porque me gustó ver a los animales en su hábitat natural que, bueno, sin llegar a ser el Masái Mara, tampoco era un zoo. Además, el guía era muy simpático y además de explicarnos las costumbres de los animales que íbamos viendo, iba haciendo bromas y nos hizo sentir muy a gusto. También hay que decir que él nos dijo a nosotros lo mismo, que éramos un grupo muy majo y que eso daba a pie a un buen rollo que no siempre se daba, así que nada, me alegro de haberle hecho el rato agradable a nuestro guía Siya.

Este era el extremo de nuestra ruta, el punto más al este, tras lo cual emprendimos el viaje de vuelta para dormir en el hostal de la primera noche, en Sedgefield. De camino paramos de nuevo en el Tsitsikamma Park para hacer lo que expliqué en la publicación anterior de los puentes colgantes porque me colé de día. Ya me había parecido a mí al escribirlo que había dado mucho de sí aquella tarde… Así que después de aquello de la playa de guijarros y los puentes, llegamos al hostal, donde nos esperaba una buena braai (aunque de pollo… se nota el factor albergue). Había un porche muy apañao donde salimos a cenar unos cuantos, coincidiendo con otro grupo de gente que estaba haciendo una ruta algo distinta, y al final nos dieron las tantas hablando y pasando el rato. La verdad es que fue una noche muy guay, bebiendo el calimocho que me había comprado (bueno, vino y coca-cola por separado, claro) el primer día y que no llegué a utilizar. La idea de mezclar esas dos cosas provocaba gestos de asco en las caras de todos los que me preguntaban qué estaba bebiendo, pero una vez les daba a probar, tenían que admitir que no estaba tan mal. De todas formas, no sé por qué carajo no compré cerveza en vez de eso.

DÍA 4

El último día empezó con los ánimos bajos porque al parecer iba a llover y eso se cargaba nuestra actividad del día: ir en canoa por el río. Nos pusimos en marcha bajo un cielo nublado y, efectivamente, cuando llegamos al sitio donde se cogían las canoas, estaba cerrado. La gente se empezó a quejar (y con razón, porque no es normal que tengas una actividad prevista y te lo encuentres cerrado al llegar), por lo que el guía llamó a los que llevaban aquello y al rato vinieron a abrir. La gente se puso muy contenta y allá que fuimos a coger nuestras canoas, pero lo que en mi cabeza era un idílico y relajado trayecto por el río acabó siendo un sinvivir para mí.

Primero, porque el brazo izquierdo me dolía bastante al cabo de un rato, lo que me hacía sobrecargar el derecho, lo que me hacía tener que parar de remar para descansar, lo que hizo que mi pobre compañera noruega y yo nos rezagásemos y llegásemos las últimas.

Y segundo, porque en mitad de todo ese tormento empezó a llover, como bien habían predicho, lo cual me obligó a quitarme las gafas y a remar a ciegas (bueno, en borroso, mejor dicho) y empapada. Eso sí, el entorno era precioso. Frondosidad verde everywhere. Después de eso nos internamos en un bosque para ir a ver una cascada, pero el guía tenía una advertencia que hacer. Dijo: «¿Alguien tiene aracnofobia? Porque aquí hay unas pedazo de arañas que se llaman “rain spiders” y que salen cuando llueve. No son venenosas, pero sí pican, así que estad atentos». Quienes me conocen saben el odio/pánico que profeso a las arañas, pero no había vuelta atrás, así que decidí que lo mejor era continuar sin ponerme las gafas para no ver las arañas en caso de que les apeteciese salir a saludarnos. Avancé ligera tras los pasos de quien me precedía y por suerte nadie vio arañas.

Pero ahí no acabó la aventura. Cuando llegamos a la cascada, estaba como en dos niveles. La gente se descalzó y empezó a trepar por una roca inclinada hacia el nivel superior para acercarse un poco más. Como la cosa iba para rato, pues me animé yo también a subir, pero no me había descalzado. Cuando el guía me vio con las zapatillas, a media subida, me dijo que me las tenía que quitar porque resbalaría con la piedra mojada, así que me las quité y las dejé ahí en un hueco para recogerlas al bajar. Con los pies descalzos me resbalaba más aún, la verdad, y mentiría si dijese que no lo pasé un poco mal. Era difícil agarrarse y la piedra estaba muy inclinada, pero bueno, conseguí llegar al nivel superior sin daños que lamentar. Ahí nos hicimos la foto de rigor y luego tocaba bajar, cosa que preocupaba al guía.

Al llegar mi turno, de nuevo recorrí medio camino hasta donde había dejado las zapatillas para recogerlas, pero no era viable llevarlas en la mano porque necesitaba las dos para ir agarrándome. ¿Solución del guía? Lanzarlas una a una rodando roca abajo con la esperanza de que no cayeran al agua. Con cara de circunstancias, sentenció: «Es o las zapatillas o tú», argumento que me convenció para aceptarlo. Total, que faltó MUY POCO para que cayeran al agua y desapareciesen para siempre. Después todos bajamos sin incidentes e hicimos el recorrido de vuelta por el bosque de las dichosas arañas y de nuevo a las canoas. Esta vez al menos no fuimos las últimas porque ya le había cogido un poco el tranquillo. Me alegré tanto de llegar a la furgoneta y poder ponerme ropa seca al fin… Como comprenderéis, no tengo fotos de esta aventura porque, por una vez en mi vida, tomé la decisión correcta al dejar el bolso con todas las cosas en la furgoneta.

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El flow que no falte

Después de esto seguimos el camino de vuelta a Ciudad del Cabo y paramos en una fábrica de aloe vera para comer. Sí, para comer. Lo normal habría sido lo que todos nos habíamos imaginado: ir a visitar una fábrica y ver cómo se hace el aloe vera. Pero no. Era la tieeenda donde vendían el aloe vera, que resulta que además tenía un restaurante (¿?). Así que estuvimos ahí comiendo y no nos dio tiempo a ver los productos de aloe vera que tenían (gran organización). Después de comer seguimos nuestro camino y por fin llegamos a Ciudad del Cabo, hechos polvo pero satisfechos y contentos con el viaje que habíamos compartido.

Y para rematar una tarde estupenda, qué mejor que disfrutarla en el mejor lugar de la casa haciendo una merienda/cena a cuerpo de rey y con unas vistas privilegiadas:

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A relaxing bottle of cerve y sushi in la terraza

Ah, y que no se me olvide esta marca de salchichas que descubrimos durante el trayecto…

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Ster significa estrella y wors significa salchicha en Afrikaans… muy ocurrentes.

CONCLUSIÓN

¿Qué puedo decir que no haya dicho ya en estas cuatro publicaciones? El país me enamoró. África es un continente que nunca jamás me había llamado la atención, no me decía gran cosa y se me ocurrían muchos otros destinos donde preferiría ir antes que este. Pero surgió esta oportunidad y me hizo un ZAS  en toda la boca. La riqueza de sus paisajes, el carácter de su gente, la historia que hace que su estilo de vida sea el que es… ¿Consecuencia? Ahora estoy obsesionada con África y cuento los días para volver. No dejo de leer libros relacionados con el continente, ya sean crónicas de exploradores de hace dos siglos o novelas de ficción, me emociono (pero llorando y todo ¿eh?) al cantar El ciclo de la vida del Rey León, me intereso más por la realidad y la historia africana, me bajo películas como Memorias de África… Obsesión de libro, vaya. Y ya tengo planeados los próximos viajes a Tanzania, Kenia, Zambia, Botsuana y Namibia y, por supuesto, la vuelta a Sudáfrica.

Todo esto para decir que os animo encarecidamente a visitar África si no lo habéis hecho ya, aunque no os llame nada la atención, porque estoy convencida de que os atrapará como a mí. El llamado mal de África es 100 % verídico. Como decía el explorador Ryszard Kapuscinski:

Me gustaría transmitir lo que fue África. Nunca experimenté nada así. África tiene su propia personalidad. A veces es una personalidad triste, a veces impenetrable, pero siempre irrepetible. África era dinámica, era agresiva, estaba al acecho.

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